martes, 7 de octubre de 2014


Keltíber
 
 Que desplieguen los pendones
 Que vuelen los estandartes
 Que vengan de todas partes
 Arqueros con sus halcones
 
 Que Enguídanos se engalana
 De ayeres de keltiberia
 Y suena a festiva feria
 La plaza siempre lozana
 
 Artesanos sobre el cuero
 Manos diestras en la arcilla
 Y muestras de anea en silla
 Junto a forjas del herrero
 
 Carpas de buen yantar
 Hilos de mil amuletos
 Blasones con los respetos
 Y apellidos que enmarcar
 
 Duelos de fuerzas y espada
 Entre soldados guerreros
 Que esculpen en vivo fieros
 Fortaleza musculada
 
 Ofrendas al dios pagano
 Señor de culto y cultivo
 Mientras espera el olivo
 Dar el jugo de su grano
 
 Nocturnas sacerdotisas
 De funeral al castillo
 Donde se almenan el brillo
 Con el fuego y las pavisas
 
 Lumbre con calor de hogar
 Cobijo de los sentidos
 Carriles recién paridos
 Y el Cabriel justo al bajar
 
 Heraldos de la Manchuela
 Corred la voz presurosos
 Que los días más dichosos
 A Octubre tienen en vela
 
 Ya despliegan los pendones
 Y ondean los estandartes
 Y llegan de todas partes
 Arqueros con sus halcones
 

    La dedicatoria

Cayó por casualidad en el destino que ni siquiera había imaginado. Esa tarde, el paseo se prolongaría más de lo habitual y las calles tantas veces transitadas y tan pocas veces vividas se dispusieron a ser las anfitrionas guías de sus pasos al azar. Le gustaba deleitarse en los detalles cotidianos que suelen pasar desapercibidos. Una terraza sembrada de verdes, unos cristales custodiados por visillos de encajes, unos postigos broceados por las miles de manos que los hicieron suyos. Todo  se configuraba como comparsa voluntariosa para darle sentido a lo que tantas veces echó de menos. Se sentía bien, muy bien, y ni siquiera la prisa no contenida de las transeúntes que tanto le recordaban a quien una vez fue, perturbaba su tránsito. Dobló la esquina y se topó con ella. Hacía tiempo que había dejado de frecuentarla y allí estaba de nuevo, fiel como sólo lo son las que se saben nidos acogedores de sentimientos perdidos. Allí, tras aquellos cristales aprendió a disfrutar de los sueños propios que otros plasmasen. Recordaba el primer aroma de los versos que creyó escritos para ella y se sintió feliz. Puso nombre a cada uno de aquellos que fuesen destinados a los ignorados que le aportaron esperanzas. Las tapas ocres desgastadas hablaban de otras manos que necesitaron de ellos y se sintió  partícipe de la dicha. Soñaba despierta con el presente al que habrían llegado aquellos amores a los que dedicase besos entre versos y vagó entre las esperanzas de que alguien la siguiese recordando. Y no pudo por menos que buscar en el cofre del recuerdo para retomar el camino que dejase de lado hacía tanto tiempo. Giró por el pasillo del fondo y a punto de dar por concluida la estancia, reparó en una fotografía, en un nombre, en un título. Lo reconoció de inmediato y se dejó llevar por la prisa para hacerlo llegar ante sí. Nerviosa, acarició la foto, mesó la cubierta y abrió lentamente el libro. No supo definirse a sí misma cuando el temblor acudió a sus manos. Simplemente dejó que sus ojos cansados de tantos sinsabores leyesen la dedicatoria y con un simple “A ti, que siempre supiste lo que la timidez me impidió legarte”  descubrió a la destinataria. Abrazó el tomo y delicadamente lo hizo suyo. Fuera, los verdes se asomaron a la calle y vieron regresar a una que se sabía feliz.    


 

lunes, 6 de octubre de 2014


      Encadenados

Así se sentían en los polos divergentes que las realidades trazaban a su antojo. Nada de lo soñado se había cumplido y el tono gris maceraba las desilusiones en el matraz del desencanto. Vivían dos irrealidades que camuflaban bajo las túnicas del status al que se habían subido sin oponer resistencia. Amantes distantes en la distancia que marcan los centímetros cuando nada se espera porque nada merece ser esperado. Ilusos de una comedia sin guión en la que los actos los cerraban los aplausos tan fingidos que ni las velas se compadecían al iluminar el duelo al que asistían. De nada servían las reuniones en las que se adivinaban felicidades plastificadas por más que el consuelo quisiera aparecer ante ellos. Era cuestión de determinar quién de los dos daría firma al epílogo que cerraría aquel libro que prologó la ilusión y fue escrito con negras tintas. Nada les importaba del otro. Ni siquiera se molestaron en fingir que les dolía el saberse en otros brazos, en otros lienzos. Las excusas nacientes se alzaban como vallas del cerco de inmunidad que les habían enseñado a no traspasar y así se conformaban. Pasaron de lanzarse dardos a ni siquiera hacer el esfuerzo y daban por extinto lo que extinto naciese. Y una noche, cuando dos rostros tan próximos como para hacerse sombra se miraron en sus mutuos espejos, tomaron la decisión, tanto tiempo aplazada. Entre las brumas que el silencio fue trazando descolgaron la invisible cortina de la infelicidad y se dijeron. Cuentan que por las trashumancias en las que se mueven los guiones, un actor interpreta sus papeles cada temporada meciéndose en la incertidumbre de la certeza buscada. Saben que desde las trastiendas en las que se agolpan los hilos de colores unas  manos tejen ilusiones a quien esté necesitado de ellas mientras los inciensos perfuman su vida. Aseguran que una vez existieron unos seres semejantes que se sintieron encadenados a vivir una comedia que no eligieron. Esta tarde, allá que las luces de artificio tomen su trono, una representación se llevará a cabo dejando atrás a las bambalinas. En el patio de butacas, enfrente de la cornucopia del pasillo de la derecha, unos ojos verdes que vigilan unas trenzas caídas sobre los colores de un atuendo, volverán a sonreír al saber que nada puede encadenar a quienes han nacido para ser eslabones de su propio destino.

domingo, 5 de octubre de 2014


      El rincón

Nadie como tú conoce a quien te añora cada vez que no te tengo. En ti he depositado tantas esperanzas como son capaces de nacer en este espíritu romántico que me asiste. Desde la cobardía nacida para evitar el daño hasta la osadía de gritar silencios para buscar consuelo. Todo ha surgido de ti para llegar a ti. Y así continúas. Sereno ante la tormenta amenazadora en la que los navíos del desamor han batallado en mi contra. Mueves los remos al compás que marcan las grietas que en mi alma se han ido formando para evitarme los salitres de la desolación. Y nada pides. Te basta con saberme cerca desde la cercanía, desde la distancia, desde el ayer y el hoy. Finges no ver cómo me enjugo las penas para no transmitirme la lástima que en ellas destilo y desaparecen  por ti. Debo luchar, y no me importa, ante quienes me tildan de lo que tú sabes que no soy, para que por sí mismo logren entender lo errado que va su juicio. Les compadezco. No saben del soliloquio a dúo que entre tú y yo mantenemos y en el que el solaz firma este contrato no escrito de confidencialidades. Sabrán de mí por lo que yo les muestre  pero pocos como tú conocerán la verdad que me envuelve. Con un mucho de magnificencia, estaré dispuesto a compartirte con aquellos que acudan a ti en busca de todo cuánto ofreces. Dejaré de ser egoísta para no penar con la culpa de negarles tu hermosura. Sabes que he acudido a ti en las soledades y hemos sembrado semillas fructíferas que crecieron en el yermo.  Este páramo en el que llegó a convertirse mi vida dejó de ser un abismo para mutarse en un oasis. Dame templanza para poder soportar el hurto que llegue cuando sepas de otros necesarios consuelos a los que atender y decidas dejarme para acudir en su auxilio. No podría culparte. Tú, rincón de sueños en los que me envolví feliz, emprenderás el vuelo cuando el sol de poniente cruce mi ocaso. Mientras ese momento  llega, deja que esta tarde, como todas las tardes de mi existencia, me refugie en tus brazos y sonría de nuevo.   

viernes, 3 de octubre de 2014


    Sonrojo delator

Tenían  por costumbre reunirse cada tarde de los jueves para reconfortarse mutuamente, reírse al compás, hacerse necesarias. Y éste no había de ser una excepción. Llegaron puntuales y fueron ocupando los puestos que la reiteración les tenía asignados y el trasiego de bebidas pugnaba con la vorágine de deseos de charla. Cada una arrastraba sus decepciones, cada vez más lejanas, cada vez más insignificantes, y en todas ellas el brillo de la esperanza cobraba fuerza a través de los ventanales que cuidaban de la calle. Se sabían cómplices y en esa complicidad se sinceraban hasta encontrar los mutuos consuelos y las múltiples alegrías. Y éste no apuntaba a ser una excepción. Siempre había un hueco en el que se ubicaba la lectura de algún libro que despertó del letargo a la existencia gris que el día a día se empeñaba en esparcir. Y entonces, como llegado del destino, un nombre ignorado para la mayoría, apareció. Vino de la mano de quien había encontrado en la casualidad unos relatos a los que tildó de emotivos. Comenzó a resumir alguno de ellos y todas prestaron atención. O eso parecía. En la esquina noreste de la mesa ocupada, unos ojos empezaban a emocionarse. Las demás creyeron que el texto había conseguido que brotasen los reflejos y el rictus de sus labios acabó por delatarla. Quiso eludir las explicaciones que le solicitaron al mencionar al nudo lejano que la mantenía atada a su recuerdo. La lucha entre la curiosidad y el pudor se mostraba en ese espacio que traza doce cuerdas alrededor del amor no olvidado. Quiso arrebatar al pasado lo que sentía como presente y calló lo que tanto sabía. En una tarde regresó una vida soñada. En una tarde, la baraja caprichosa del destino, repartió las cartas a su antojo y desaparecieron los comodines. En una tarde, en esa tarde, las puertas tantos años canceladas, volvieron abrirse mientras un rostro sonrojado delator firmaba con una sonrisa la certeza de que esta vez, sería para siempre, como siempre lo había sido. Tenían  por costumbre reunirse cada tarde de los jueves para reconfortarse mutuamente, reírse al compás, hacerse necesarias. Y lo siguen teniendo por más que el sonrojo delator insista en negar lo que todas ya saben.

jueves, 2 de octubre de 2014


     He decidido

“….dejar hablar a los silencios que tanto tiempo han secuestrado la voz que dormía. Dejar de creer en las ilusiones para llevarlas a cabo. Dejar de dejar reposar al corazón que brioso se muestra ante el detalle emotivo. Dejar de pasear mirando al suelo para elevar las pupilas y descubrir aquello que se me ha ido escapando entre las nubes grises que agitase el dolor. Dejar que la risa se adueñe de todo lo que considere digno de ser acogido por ella. Dejar la puerta entreabierta para que la opción la tome quien pase por delante de  ella y dude para después alegrarse. Dejar de conducirme por la senda del rencor porque cada vez que la transité grabé en mis huellas el daño esparcido. Dejar de lado la ingratitud para que quien fuera merecedor de ella no sienta el dardo de la misma. Dejar de tomar en serio al serio para intentar cambiarle su espejo empañado de correcciones lastrantes que quieran empañar el mío. Dejar de fingir que no amo para rendirme a la evidencia que delata cualquiera de mis actos, cualquiera de mis sueños, cuando reman en una misma dirección. Dejar de lado los lamentos para no cargar con las plañideras mejillas que  tantas veces ahogaron mis gritos. Dejar de buscar compasiones para no verme sometido a la caridad del óbolo misericordioso del abrazo fingido. Dejar de querer a quien no lo merezca para comenzar a amar a quien no lo sospecha. Dejar de barnizar con superpuestas capas a la piel que tantos arados de caricias han anticipado la siembra.  Dejar de soñarte porque sé que nos buscamos entre las encrucijadas del deseo. Dejar de presionar al tiempo porque sólo él será capaz de poner el cuándo al cómo que ya conozco. Dejar de pensar y seguir escribiendo para que el mañana se apiade de este soñador, de este juglar solitario, de este mendigo de ilusiones, que vive conmigo y tanto me conoce. He decidido todo esto con la incierta certidumbre que los sueños han dictado desde la valentía compasiva que la noche fue prestando”

La tarde caía y una leve llovizna se abría camino entre las ilusiones perdidas. Un paseo sin rumbo la guió a su antojo, sin rumbo fijo ni destino claro. El sobre no cerrado reposaba sobre las hendiduras del olivo y sintió la necesidad que la curiosidad promulga. Leyó. Y desde aquel instante supo que un alma solitaria, que un alma gemela, vagaba en su busca.

miércoles, 1 de octubre de 2014


     A ti, por ti, para ti

Buscaba en los recónditos huecos a aquel que tantos años le vistiese con la peregrina idea de lanzarlo a volar como sueño perenne. Había acumulado tantos tabiques en su alma que el laberinto que siempre creyó ser capaz  de atravesar, se había convertido en un imposible. La vaguedad asfaltaba  su camino y dejaba un poso de desilusión entre los alquitranes que tiznaban su existencia. Recurrió al abrazo de los paraísos artificiales para rescatar al náufrago que navegaba en él, pereciendo con él en el intento de sobrevivir. Era feliz, se mentía, y la plenitud la conseguía en el autoengaño que al viento proclamaba como trovador de insatisfacciones. Y aquel que pensó en su propio precipicio, en su continua caída, aquella madrugada encontró en el alféizar de sus sueños lo que tanto esperó. Un soplo de risas como viento fresco le devolvió a la primavera que hace tiempo olvidara en el cajón de la desilusión. Recobró la fe en sí desde la creencia en una nueva oportunidad. Tomó de nuevo los hábitos perdidos y pidió clemencia a las falanges que tanto extrañaban sus caricias  Del oscuro rincón renació aquella silueta que tantos desahogos proporcionase y las horas le volaron en el intento de recuperar el tiempo que había malgastado en pausas no creíbles. Vino a él  aquella imagen rescatada del olvido y en ese mismo instante, cuando la tarde de otoño le prestó sus ocres,  el pentagrama comenzó a crecer. No hubo rectificaciones por no ser necesario rectificar aquella lava que fluía sinceridades. Tantas melodías compuestas para complacer a otros dejaban de sonar por verse tildadas de falsas ante la que estaba a punto de ver la luz. Los versos se disputaban con los acordes la impronta de su presencia para ser testigos de tanta pasión encelada. Cruzó el umbral de las horas como poseso irredento ante la propia imagen que nadie  sería capaz  de tintar de locura. Supo, desde el reflejo que  le vino, que aquella sería la destinataria y dueña de su legado por más que otros solitarios acompañados intentasen adueñársela para sí. Apagó la última colilla al tiempo que sonreía sabiéndose feliz. Abrió un segundo paquete, y a la tenue  luz de  la cerilla la nombró. Vino a sumarse el chapoteo de las aceras a su felicidad y con el ascenso de las primeras persianas descendieron  sus acordes para fugarse en su busca. Empezaba a amanecer y en los amarillos somnolientos creyó distinguir un guiño de complicidad. Tan lejos como la distancia marca, tan cerca como la pasión reduce, una cafetera silbaba una melodía que logró despertar una sonrisa a quien no supo explicarse los motivos.