viernes, 27 de abril de 2018


1. María Víctima Culpable



Así sin más he decidido aventurarme en el retrato de la desconocida que todo el mundo conoce aun desconociéndola. Sí, ya  sé que ni ese es su nombre real ni esos sus apellidos, lo sé. Pero no puedo dejar de pensar en cómo era su vida hasta aquella fatídica noche y cómo lo es a partir de entonces. Seguro que desde la osadía de la juventud pensó que el mes de Julio merecía una buena bienvenida y qué mejor que dársela desde San Fermín. Puede que sus estudios hubiesen concluido con el éxito deseado y en recompensa a ello se lanzase a la aventura festiva. Tantos años esperando a ser mayor de edad y por fin le llegaba la oportunidad. Ciclos precedentes le hablaban de jarana vestida de blanco y rojo y no era cuestión de dilatar más la comprobación en primera persona. Quien más quien menos hemos sentido el vértigo que produce la aventura y solamente a esa edad nos sentimos capaces de asumirlo. Bravo, María, bravo. Nunca se dijo nada de los cobardes. Adelante con los encierros y bienvenida a las charangas, debió pensar. Y allá se presentó. Y entre la vorágine y las desinhibiciones que el alcohol promueve, otros y otras como ella, le aportaban el crédito de haber hecho lo correcto. Y la simpatía de lo desconocido la llevaría a dar con simpáticos cofrades  a los que ni siquiera imaginó como lo que acabaron siendo. Da igual si en un arrebato de suficiencia quiso lanzar un órdago de dominio que resultaba falso. Da igual si la seguridad que pretendía demostrar ante los otros enmascarase un temor que no era capaz de vencer. Da lo mismo, debió darles lo mismo. Y allá que se vio en mitad de un escenario que ni quería ni pidió, se vio envuelta en la representación de un drama que jamás sospechó. María dejaba de ser María para convertirse en el pelele carnavalesco de unos risueños. No pidió la bajada del telón de semejante obra porque no daba crédito a cuanto estaba pasándole como protagonista. Debió temer por un desenlace aún peor y empezó a descontarse tiempos para que el tiempo concluyese lo antes posible. Despertó a la crueldad cuando las luces de la noche seguían parpadeando. Quiero pensar que con el transcurso de la vida será capaz de vernos a los hombres como lo que realmente somos y no como lo que algunos rotulan que somos. Por si le sirve de consuelo, por mínimo que sea, le pido perdón como hombre. Por si me sirve de consuelo, reclamo justicia, también por ser hombre.    

jueves, 26 de abril de 2018


1. Jackeline


Alzas la vista hacia sus casi metro ochenta y no sabes muy bien qué hacer. Si mantienes un pulso de seriedad podrás comprobar el auténtico sabor de la victoria en cuanto sus pupilas se fijen en la expresión que no acaba de entender. Si te dejas vencer por la tentación del gesto catalizador de ironías puede que el esfuerzo que realice para no carcajearse te acabe invadiendo y explotes en mitad de una marea de risas. Algo en ella se excede a las proporciones. O la edad se quedó menguada a la longitud de su sombra o la sombra que de ella nace echa a faltar al monolito que le haga compañía. Paladea desde su voz el sabor auténtico de las coplas que de seguro la acunaron. Gira las palmas buscando el toque preciso que el compás exige. Tonadillera de pro que fluctúa entre los claveles reventones del tablado llamado adolescencia. Podría lucir el traje de faralaes más allá de lo que sus rizos multicolores aventuran y no dejaría indiferente a nadie cercano. Rebotea a su antojo los balones de la obediencia intentando evitar los pasos infractores que el árbitro de turno disimula no ver. Y el genio vigilante que de sus entrañas fluye la lleva a poner orden en base a la preponderancia altiva de la que hace gala. Su tez la reviste como si de una capa de inmunidad se tratase y los altibajos la acompañan en el vaivén del quiero y no quiero. Sueña con regresar al puerto que echa de menos y las comparaciones siempre le dejan un sabor a derrota frente a su pasado próximo. Cada vez que la norma intente abrirse hueco fingirá acatamiento. Solamente desde el fondo albo de sus ojos percibirás la certeza plena del no cumplimiento y con ello tendrás que lidiar. Nubia de un ecuador segmentario de diferencias inexistentes, paladeará el regusto del aprendizaje sin seguir guión alguno. Su instantánea necesidad se antepondrá al curso que marque el Nilo en el que ella se lanza sin temor a las dentelladas. Rasga y expulsa de sí todo aquello que pudiese tomarse como penitencia. Permanece impasible. Descuenta en voz baja los segundos que sabe inevitables y cuando la voz represora desaparezca, de ella desaparecerá también el dosier de acusaciones. Juega con ventaja en campo ajeno y de modo inconsciente saca provecho. Puede que algún día, quién sabe si pronto, sus pisadas la lleven a algún destino tan inesperado como sorprendente. Lo único que quedará claro será que la sorpresa no quedará impresa en su rostro de ébano; bien al contrario, serán los demás los que sigan sin responderse a los interrogantes que de ella broten de modo espontáneo.

miércoles, 25 de abril de 2018


El alquimista
Me encantan los cuentos. En ellos se deja paso a la fantasía como protagonista absoluta del argumento y hace y deshace a su antojo. Los protagonistas no dejan de ser más que meras marionetas movida desde los hilos del capricho que las hace girar de aquí para allá. Nada se cuestiona porque el mismo nacimiento de la historia da por válido cualquier giro de la misma. Y aquí, en esta novela de Paulo Coelho, no diferenciadoras. Un protagonista que piensa en el sentido de la vida se embarca en una trashumancia  personal hacia Oriente en busca de las respuestas que ansía para entenderse a sí mismo. Ciertas reminiscencias a las “Mil y una noche” van sucediéndose como guías solícitas al aventurado lector que se adosa a la sombra de Santiago. Va y viene de la dicha al infortunio salvando pruebas que se le presentan como si de una gymkana se tratase. Todo aderezado a modo de enciclopédica enseñanza de filosofal epílogo. Fácil de leer. Nada de sobresaltos inesperados que pudiesen quebrar la línea argumental anticipando desdichas insalvables. Previsible como todo cuento con final feliz al que subirse a modo y manera de manual de autoayuda. Quiénes somos, a veces lo sabemos; de dónde venimos, a veces lo aceptamos; hacia dónde vamos, ni siquiera somos capaces de aventurarlo. Y si decidimos aferrarnos a una ruta corremos el riesgo de naufragar sin remedio. De ahí que la piedra filosofal que desvela el autor no esté tan lejos de nosotros como suponíamos. Abre la posibilidad de reflexión a quien quiera entenderlo así y evitarse decepciones. Como si de un péndulo maniqueo se tratase, las arenas del desierto se van decantando inexorables hacia el fondo. Habrá que darle la vuelta para comprobar si el camino supone un retroceso o un nuevo avance. Resulta tan sencilla de entender que debería recomendarse como lectura de cabecera adosada a la mesilla de noche. Sin duda alguna, evitaría pesadillas y los sueños serían tan reales que a la mañana siguiente la recibiríamos con otros ojos. No en balde, hace ya algunos años, los cuentos nos ayudaban a cerrar los  párpados en aquella lejana infancia que añoramos llenos de melancolía. Puede que allí, en aquellos minutos previos al sueño, nuestro hábito lector empezase a diseñarse y hoy que ya lo habitamos sobradamente nos reconozcamos como tales. A los cuentos se les sonríe, aplaude y personaliza. Tal es el caso del que nos ocupa y no será necesario vestirse de Merlín para poderlo comprobar.            

martes, 24 de abril de 2018


1. Brígida



De ella podría decirse que pertenece a la saga de sacerdotisas capaces de alumbrar a las tinieblas. Vaga por las constelaciones y de ellas extrae toda la sapiencia que la corona como lectora de fortunas y redentora de infortunios. A estos suele suavizarlos para evitar con ello la laceración que supondría añadir daño al daño presente. Maneja la calma como si de ella dependiera el viento mecedor de voluntades y siempre adereza el consejo. Posee el porte que la sangre le dio y a ella se aferra para construir una vena comunicadora a través de los tiempos. Pasados que justifican presentes y futuros por llegar la envuelven en el misticismo de la cercanía de su rugido. Leona firme en sus convicciones, defenderá a su camada con cualquier tipo de argumento que desbanque al taimado en su aproximación. De los inciensos construirá nubes de volutas sensoriales mientras las líneas de las manos se apresuran a mostrarse. Hará suyo el reto de proporcionar equilibrio a quien carece del mismo y desconoce el fiel de la balanza que ella le ofrece. Transita de parte a  parte para dejar su huella en toda pisada que lleve su firma. Aprendió a leer entre las líneas del augurio lo que a los comunes se nos escapa y de su verbo construye el confesionario al que aproximarse. No habrá penitencia por graves que sean las faltas. Ni las administra ni las promulga. Alga agarrada al mar de tormentas en las que la fe en sus posibilidades se convierte en la ensenada protectora de todo naufragio. Ella, trashumante mesetaria, sabe que entre las calizas y el agua está su Sangri-La a la espera de su cíclica venida para reponer energías. Mirará hacia el perfil de la noche buscando entre las luminarias el parpadeo cómplice de los enigmas por desentrañar. Y todo lo hará sin reclinar su pensamiento. Podrá interpretarse como soberbia lo que no deja de ser un abierto postulado de intenciones irrenunciables. Tenedla próxima. En esa proximidad  comprenderéis el porqué de la calma que os empieza a envolver. Aquello que fue problema empezará a dejar de serlo y las turbulencias darán paso al sosiego. Después, como si el mérito no le perteneciera, sonreirá y sabrá que su misión ha concluido. De ti dependerá a partir de entonces seguir un camino u otro. Ella puso los letreros y serás tú quien decida qué ruta merece más la pena. Dirá hasta pronto porque no sabe de despedidas. Las conoce como puertas celadas y no las admite en absoluto como cerrojos oxidados.

lunes, 23 de abril de 2018


1. Maje Leza



Diría que el modo mediante el cual nuestras teclas se cruzaron no fue el más amigable posible. A mi extrema pulcritud ante los vocablos su réplica llegó como si de una cascada se tratase para dejar los puntos claros sobre las íes. Cualquier terminación en isa podía envainarmela o mejor destinarla a las canciones guanches. Nada de dejar pasar la ocasión para demostrar de qué madera estaba hecha. Y hasta hoy. Y desde siempre, esta conductora del verso se envuelve en ellos para dar salida a quienes sienten la necesidad de explayarse siendo cual sea la categoría de los mismos. Ella, pelirroja sin saberlo, actuará como guardiana de libros a los que anaquelizar más allá del valle donde las hojas doradas alfombren sus pasos otoñales. Cruzará los límites para demostrarnos lo ilimitado que resulta el placer extraído de un buen paseo. Saciará su recuerdo con las instantáneas de los píxeles que diseminará a modo de frutos sin simiente con los que engañar a las curiosidades no permitidas. Y todo lo hará desde la dualidad sobre la que despliega las páginas de un libro inacabado. No necesita epílogos y los capítulos se le solaparán creando un aquelarre festivo. Las lloviznas de la crítica se sentirán perdidas al comprobar cómo bajo los soportales de su independencia se sigue erigiendo la firmeza de su tránsito. Siempre envuelta en mitades por acabar, los renglones torcidos la adoptarán como hada madrina. Callará su juicio ante el gris para darle la compasiva oportunidad de no reconocerse mediocre. Ella, con la mirada perdida hacia la bahía infinita, sabrá soñarse como sirena a la espera de la marea que la vuelva a conmover. Las olas que formen las letras vendrán cargadas de entrecomillados a los que enlazar con nudos de aceptación. Maje nació para ser guardiana de letras y no carcelera de sueños. A ella, que desconoce el sentido del aburrimiento, difícilmente se la podría encasillar sobre una silla con letra al respaldo. Juzgará meritorio el hecho de ser osado ante el reto del albo lienzo y será capaz de prestar la mina con la que acariciar los renglones. Todo lo demás, carecerá de importancia en el instante fugaz en el que ella decida abrir los contrafuertes de la ventana por la que volarán los versos. Su red está tejida por las estrofas que cualquier aventurero osado considera merecedora de su presencia. Hoy, cómo no, soplará sobre el lomo de aquel olvidado tomo para evitarle el polvo acumulado de la ignorancia. Lo acicalará. Y con una sonrisa pecosa lo felicitará, un años más. Pocos como ella saben del valor que encierran las letras que un día nacieran para ser compartidas.   

viernes, 20 de abril de 2018


Un mundo feliz



Esta novela futurista me ha dejado un poso de desazón superior a lo esperado. En ella, Aldoux Huxley, anticipa al lector un modelo de sociedad futura en la que todo aquello que consideramos como normal ya no existe. Han desaparecido las guerras, las enfermedades, los deterioros. Y como contrapartida a todo este estado de dicha, el ser humano se ve sometido desde su estado embrionario a una clasificación que lo situará en la casta correspondiente a no tardar. Todo aceptado desde el aprendizaje hipnopédico de las lecciones repetidas a modo de  mantra de dicha y euforia alegre. Por si en algún momento la duda existencial apareciese, el suministro de soma acabará por remitir al ciudadano al nirvana que le privará de desconsuelos. Poco importará si tu estatus provoca reacciones en el lector que aún no ha llegado a situarse en dicha sociedad. De nada servirá que te imagines aquí o allá en la medida de verla como un futurista proyecto irrealizable. De hecho te hará gracia saber que serías partícipe de una reserva salvaje si viajases en el tiempo para aparecer con tu presente perfil. Pensarás que la sociedad se ha idiotizado de tal modo que casi no merece la pena esperar a vivirla. Comprenderás al rescatado y sabrás ver en su intención un apostolado hacia el raciocinio y la libertad de pensamiento. Así albergarás como esperanza un retroceso de la tecnificación y con ello serenarás tu espíritu. No deja de ser una novela inspirada en un pasaje shakesperiano y como tal habrá que tomarla. De sobra sabes lo aficionado que era el genio inglés a las tragedias y no vas a ser tú quien revoque su inmortal talento. De modo que dejarás para mañana la lectura del capítulo XVIII como corolario final de la obra. Sonríes, vuelves a vislumbrar los rostros protagonistas y preparas la lectura de un nuevo libro. Hasta que los perfiles de los conocidos se suman al resumen de modo inconsciente. Hasta que las formas actuales empiezan a parecerse a las premonitoras. Hasta que comprendes que Huxley ha sido más que un escritor, un profeta de lo que ya te rodea. Intentas colocarte en el escalón correspondiente y sabes que dependerá de lo que los demás decidan por ti estar en un rellano u otro. El bombardeo constante de propuestas felices te sigue los pasos y ahora empiezas a darte cuenta. Haces lo imposible por desembarcarte de semejante crucero y como no tienes clara la escotilla de salida retomas el capítulo dejado para postre de mañana. Lo lees. Empiezas a notar cómo el café se te corta a mitad de digestión y contienes para tus adentros el exabrupto que merece ser la rúbrica. La T tautológica no deja de parecer una cruz a la que se le ha segado la cabeza. Ni tú mismo sabes ya qué camino seguir a partir de ahora. No hay soma suficientemente fuerte que sea capaz de hacerte olvidar tu futuro presente.

jueves, 19 de abril de 2018


1. María José


De vista, solamente de vista, la conozco. Y siendo tan escaso dicho conocimiento he de confesar que los detalles que de ella me llegan no me dejan indiferente. La sonrisa siempre abierta y la alegría como pasaporte de vida la adjetivan positivamente. De hecho, por lo que me han contado, lo que para otras sería estrafalario, en ella resulta natural. Pasea como si del firmamento estuviese esperando la caída de flores a modo de lluvia colorida con la que alfombrar sus pasos. Ama lo natural y de la misma naturaleza es capaz de extraer al ser vivo que nos sirva de modelo de conducta. Poco importará si el aspecto del mismo le delata como fagocitador de verdes cuando cambie de localización. Ella lo rescatará del limonero para embarcarlo hacia una aventura mayor llamada curiosidad. Sabrá que muy a su pesar se verá envuelto en la vorágine de una observación por parte de las inquietas pupilas aprendices. Y con ello dará sentido al lado lúdico del aprendizaje. Y todo desde la calma que de su mirar se desprende. Posiblemente se crió entre las nanas de la alegría y así la transmite a quien quiera recibirla. Pasará por ser la disconforme en la medida en que sus actos se alejen de lo previsible y resulten chocantes. Supo ver lo que a muchos se nos escapa cuando tras las antenas del artrópodo adivinó deseos de cambio. Este bautizado Limoncete, ortóptero de pro, pasó a convertirse en el emblema de un modo de entender la vida, más allá de la vida en sí, más acá de la propia muerte. Y con ello vio María José su misión mensajera. Pocos sabríamos actuar del modo en que ella lo hizo ante el miedo atenazador de ser catalogados de diferentes. Ahí el error. Gracias a la diferencia la pluralidad existe, se manifiesta, perpetúa y da color a la vida. Gracias a María José y tantas como ella seremos capaces de descubrir y apreciar el valor de lo que parecía insignificante. El detalle habló por sí solo y del detalle extraeremos una lección de vida. Posiblemente cuando me vuelva cruzar con ella no me pregunte qué fue de Limoncete. Tampoco será necesario indagar en el futuro de quien tantas veces ignoró su futuro corto. De lo que no cabrá duda será de que la sensibilidad tocó a la puerta y a eso de las cuatro de la tarde se puso de manifiesto. Una vez más, como tantas otras que quedan por llegar, la diferencia salió victoriosa.