Los peligros del selfie
Relatos para compartir con aquell@s que se vean reflejad@s.
sábado, 14 de enero de 2017
viernes, 13 de enero de 2017
El extranjero
Empieza con un óbito y finaliza con los
preliminares de otro. Esta novela no podía ser concebida de otro modo diferente
a cómo la diseñó Albert Camus. En ella, el preludio lo ofrece la vida gris de
un protagonista cuyas máximas ambiciones son las nacidas del deseo propio de
vivir y dejar vivir. Saltos placenteros a los que se coge que van desde el
reducido grupo de amigos a la amante que insiste en formalizar una relación que
en absoluto le apremia ni considera necesaria. Un existencialismo al más puro
estilo del observador que disfruta de cada momento sin cuestionarse grandes
quimeras a resolver tanto terrenales como divinas. Y como siempre suele
suceder, la rueda del infortunio decide girar por él sin haberlo solicitado.
Una lúdica jornada de playa se ve enturbiada por la presencia de unos ajenos
directos que buscan venganza en un amigo. Todo parece discurrir acorde con el
guion de una trifulca sin más, hasta que el calor nubla las entendederas y las
balas hacen acto de presencia. Un giro de ciento ochenta grados que lo somete
al engranaje judicial como un acusado más y en el que no se siente
especialmente culpable. Acaba pareciendo que es el espectador de un espectáculo
que lo tiene por protagonista y las salidas de tono del juez tachándolo de
impío le confieren a la narración la cicuta de todo sentimiento agnóstico. La
ley sigue su curso y entre el fiscal inmune al desaliento y el abogado defensor
acomodado en su papel de perdedor, nuestro amigo, sigue hacia un final
previsible. Como no podría ser de otro modo, a modo de consolador, un sacerdote
le conmina a arrepentirse para limpiar su alma y es incapaz de aceptar que no
admita dicho consuelo. No concibe la vida sin el temor a Dios y ahí se le
desmontan todos sus planteamientos mientras está a punto de convertirse en una
nueva víctima por su insistencia. Final abierto, o mejor, segado, por la caída
de la hoja de la guillotina en la que se rebana completamente los
planteamientos sociorreligiosos de una sociedad que sigue sin aceptar un no por
respuesta por parte de los descarrilados miembros de la misma. Un argumento en
el que la muerte no se plantea como final de nada sino más bien como principio
de todo. Una muerte simbólica más allá del texto que sería capaz de tambalear
los cimientos de un status quo que sigue feliz ante la inacción. Regusto a
verdad al acabar su lectura y cierto rictus sarcástico al comprobar cómo el
cadalso del día a día nos finiquita y seguimos siendo incapaces de gritarle
“basta”.
jueves, 12 de enero de 2017
La pasión turca
Situándose en la época en la que la sociedad
española estaba abriéndose a nuevos conceptos de relaciones, a nuevas
libertades, a nuevos horizontes, Antonio Gala sitúa la acción. Y digo acción
cuando debería decir emoción. Emoción aletargada en el interior de la protagonista
que ha sido educada según unos cánones
burgueses que someten sus deseos. Una existencia tan cómodamente gris como las
de sus cercanas que acepta como irremediable tributo a pagar por una posición
social envidiable para casi todos. Hasta que la monotonía y el hartazgo
encuentran la válvula de escape en un viaje a Constantinopla, es decir, Bizancio,
es decir, Estambul. Allí, dentro del “todo incluido” aún en ciernes, las miradas
se cruzan. El guía, avezado en tales lides, descubre las carencias de la
protagonista y comienza a diseñar el plan para remediarlo. No necesita de
demasiados esfuerzos por estar avalado por partida doble. De un lado su propio
don de gentes y por otro el deseo
contenido de ella para descubrir lo que hasta la fecha le estaba vetado. Una
irrefrenable cuesta abajo en las que la entrega por parte de ambos esconde
diferentes propósitos. Ella, ciega de deseo, se deja llevar a la senda por la
que él la introduce en turbios negocios camuflados de kilins. Empiezas a
sentirte en la necesidad de abrirle los ojos para que vea la cruda realidad a
la que está abocada y compadeces a la propia protagonista que no es consciente
de su caída libre. Poco a poco, el hartazgo se hace presente en el efebo amante,
que no deja de ser un coleccionista de vidas de las que sacar partido. La nula
aceptación por parte de la familia otomana de la nueva esposa viene a sumarse a
las desdichas de quien no quiere reconocer lo evidente. No la quiere, no la ha
querido, se ha servido de ella. Así, el desenlace es tan previsible como
inevitable. Salvo que el argumento pase a ser guion cinematográfico y motu
proprio el director decida cambiarlo en pos de quedar bien. De nada sirve el
enfado del autor de la novela cuando descubre que ha destrozado todo el
planteamiento en aras a sacar un rendimiento económico en la taquilla de turno.
Obviamente, es un fiasco, una estafa, una burla inadmisible. Así que quienes
quieran salir con el sabor a venganza cumplido que vean la película; pero quienes
decidan darse un baño de pasiones en pieles ajenas, que opten por la novela. Ya
cada cual decidirá si le merece la pena uno u otro epílogo, y si le merece la
pena o no decantarse por la emoción o por la razón. Dicotomía vital y maniquea
que tantas veces suele acompañar a multitud de grises existencias.
miércoles, 11 de enero de 2017
Rebelión en la granja
Desde luego, Orwell, era un visionario, como el
tiempo nos ha ido demostrando. Y dentro del planteamiento a futuro que esta
novela saca al tapete, nada mejor que retomar el impagable uniforme de la
prosopopeya para darle a cada cual su merecido. Al más puro estilo fabulista,
como si de Samaniego o Iriarte se tratase, toma la pluma y empieza a diseñar
una sociedad desde el entorno campestre de una granja. Allí, hartos de la
explotación a la que se ven sometidos por su dueño, los animales se rebelan. Y
en su propia rebelión se van colocando los cimientos de una utopía que todos
aceptan, aplauden, vitorean y hacen viable. Un idílico entorno más propio de los
“Locus amoenus” de Horacio que siglos después retomase en sus églogas Garcilaso, y que en manos de Orwell renacen
en un principio como culminación de un sueño de libertad y paz. Todo desde el
más puro estilo hippie de la posguerra precursor del que años después vendría a
ponerse lisérgicamente de moda. La cuestión está en que una vez guillotinados a
los dueños, expulsados de sus dominios, repudiados definitivamente, los propios
animales empiezan a organizarse. Y prontamente las divergencias entre los
cabecillas saltan a la palestra. Uno, abogando por el férreo cumplimiento de un
credo que él mismo instaura y que mantiene con ayuda de corifeos y guardias
pretorianos que le sirven ciegamente. Otro desde el convencimiento de que los
derroteros por los que se va desarrollando el nuevo espacio de libertad no son
los soñados. Obviamente, este último es derrotado, expulsado, eliminado,
estigmatizado. Queda un único líder que con astucia sibilina sigue dando pasos
hacia su preponderancia y la de los semejantes y como contrapunto a los
interrogantes se alzan himnos y banderas que tienen por finalidad desenmascarar
a los divergentes. De modo que estos continúan aceptando todo aquello que jamás
pensaron que aceptarían y su penuria lleva la misma intensidad que la opulencia
de la clase dirigente. No es demasiado difícil al lector vestirse con la piel
del animal correspondiente en cada caso. Es más, yo diría que la resignación primigenia se convierte en un clamor de
rechazo a la “propia granja” en la que se ve a diario. Y lo más doloroso es
comprobar cómo incluso viendo que los desmanes se siguen repitiendo entre los
que mandan, gobiernan, dirigen, deciden, seguimos resignados a nuestra suerte.
Ya no sabemos si somos caballos trotones, gallinas ponedoras, o cualquier otra
especie sobreexplotada y muda. Cuando las siete leyes que dieron origen a la
primera constitución se nos modifican, las damos por válidas por habernos
negado el derecho a aprender a nosotros mismos. Lo que empezó como una fábula
más o menos divertida, empieza a buscar un epílogo dramático de nuestro guion
vital. Todo aquello que prometieron blanco ahora es negro, o gris, o azul, o
verde….y seguimos aceptándolo. Leedla si no lo habéis hecho ya. Leedla y si al
acabar de hacerlo os sigue pareciendo un cuento para los minutos previos a irse
a dormir, habréis comprendido lo que significa predicar en el desierto. Como
lema os quedará aquel que resume subrepticiamente los postulados iniciales por
un “Todos los animales somos iguales, pero algunos son más iguales que otros”.
lunes, 9 de enero de 2017
Las cenizas de Ángela
Las novelas autobiográficas suelen tener un plus
añadido de aceptación. Es como si el lector se sintiese obligado a ser
confidente de todas las vivencias ajenas y entre ellas salir en auxilio del o
de los protagonistas a modo de Verónica enjugalágrimas. Porque ese es el
segundo aditivo a tamaño experimento: la lástima. Una lástima, que no digo que
no se ajuste a la realidad, pero que está barnizada con todo tipo de aditivos
para hacerse presente. Alcoholismo paterno, enfermedades filiales, penurias
económicas, rechazos familiares….vamos un todo en uno. Y en medio de todo ello
un viaje migratorio inverso a los habituales que llevan a la familia en
cuestión de Estados Unidos a Irlanda. Como si ya de por sí Irlanda no fuese la
cuna del optimismo, allá que regresan a buscar entre las miserias un modo de
subsistir. Entre tanto, la Segunda Guerra Mundial que viene a unirse al drama y
el tiempo que va pasando para Frank que mantiene la esperanza de regresar al
país que le vio nacer y buscarse un futuro halagüeño. Una y otra vez las
vueltas de rosca del infortunio cebándose en la familia McCourt y el lector
preguntándose dónde estará el límite a tanta desdicha. Empiezas a considerar
privilegiados a aquellos que has conocido en la vida real, a aquellos que la
vida les ha dado mandobles dolientes y que comparativamente con esta familia
irlandesa, son unos afortunados por ser menores sus desgracias. Te imaginas
cómo las verdes praderas de la isla se van tiñendo de nieblas no solo físicas y
cómo los efluvios del lúpulo y las graduaciones del wiski, se suman al guión.
Realmente no eres capaz de asimilar tanta bajada a los infiernos de la
desesperación y el seguir leyéndola no tiene otro fin que el de buscar una
salida más o menos liviana a tanto sufrimiento. Supongo que se da por válido el
final de la obra cuando el propio autor protagonista, en su viaje de vuelta a
la costa occidental del Atlántico, exclama un “¡Lo es!” para responder a la
pregunta del acompañante referida al país al que regresan. Si ya las cenizas se
apagaron con esta expresión, mi consejo es que a nadie se le ocurra leer la
continuación. El propio título, “Lo es”, no deja de aventurarnos en una obra
anodina, simple, vacía, que solo sirve para dar las gracias a las oportunidades
que ofrece un país en el que dicen que todos los sueños e pueden realizar. Ni
el viaje de ida, ni el de vuelta merecen la pena, por más que el primero
obtuviera el visado del Premio Pulitzer. Aunque, como siempre, para gustos, los
colores.
sábado, 7 de enero de 2017
El niño con el pijama de rayas
Pues eso, otra vez con lo mismo, otra vez con los
niños sufrientes como protagonistas, otra vez con la sensiblería presta al
derramamiento de lágrimas. Es evidente que toda novela, sea del subgénero que se quiera, puede parirse de modo
natural, por cesárea, con anestesia epidural…Pero cuando al poco tiempo de iniciar
su lectura empiezas a ver los moldes sobre la que está cocida, las dudas del
acierto en la elección se aferran a ti. Observas que un campo de concentración
nazi es poco menos que un parque de
atracciones para niños empijamados con estrellas de seis puntas sobre el pecho;
percibes que al otro lado de la valla, el más aburrido de los niños nibelungos
no sabe con qué distraerse; compruebas que el celo de los guardianes en la
custodia de los prisioneros desaparece cuando se trata de velar por la familia
del director de la cárcel; y presumes que el final va a ser el que al final es,
te preguntas por qué es necesario semejante parto. Se ha escrito tanto desde tantos puntos de
vista sobre el Holocausto Judío en la Segunda Guerra Mundial que reincidir sobre
la variante infantil dándole una pátina de sensiblería estúpida, está de más.
Viene a ti la similar versión cinematográfica en la que se proclama la belleza
de la vida y no sabes cuál de las dos similitudes es menos creíble. Repasas la
titánica lucha de los prisioneros en la construcción del túnel de escapada de
“La gran evasión” y el partido de fútbol
en “Evasión o victoria” y te das cuenta de que el tema siempre va cosido con
dobles pespuntes como si necesitase de más créditos. Así, y volviendo a las
púberes criaturas a ambos lados de las alambradas, no acabas de entender que
nadie sea capaz de reconocer a su propio vástago cuando un niño sefardí
suplanta su personalidad. No puedes ni imaginar la cara de imbécil que pondrá
el comandante cuando compruebe la
irremediable confusión que llevará a la cámara de gas o al crematorio a
su propio hijo. Todo dispuesto a la lágrima fácil y miles de preguntas sin
resolver quedan en el aire: ¿Quién dejó de vigilar al niño de esta parte del
cerco?; ¿quién dejó de repasar los espinos para evitar túneles por los que
escabullirse?; ¿quién dejó de fijarse en el aspecto de skin que tenía el
querubín con su cabeza rapada?; ¿nadie reparó en el código numérico del
antebrazo del niño cuando cambió de identidad?; ¿los perros guardianes se
distraían buscando huesos enterrados?; en resumen, una novela absolutamente
prescindible, como prescindible será, imagino, la versión cinéfila.
Sensiblerías basadas en el padecimiento infantil solamente conducen a camuflar
rúbricas de firmas mediocres. Pero, como siempre, para gustos, los
colores.
miércoles, 4 de enero de 2017
Rojo y negro
Podría suponerse que esa dualidad de colores que
da título a la novela de Stendhal responde al maniqueísmo propio de la
existencia. Pasión frente a luto, vivacidad frente a tristeza, alegría frente a
duelo. Sea como fuere, en estas líneas que conforman la obra, el desarrollo
vital de un joven provinciano alejado de los cánones que la cuna le otorga,
sigue un trayecto hacia el éxito social y capitalino de mano de las pasiones.
El joven Julián, a medida que se va desligando de sus raíces empieza a crecer
de un modo tan inesperado como dubitativo hacia un éxito esperanzado. Y como
primer peldaño de su ascenso, el amor adúltero le sale al paso y a él se
aferra. Podría parecer que juega con los sentimientos de quien hasta entonces
no ha conocido el significado de los mismos al llevarlos sujetos por las
riendas del convencionalismo. Y allí, ambos dos, se dejan arrastrar por los designios que no son
capaces de controlar. Ella, la pulcra señora Rênal, la fiel esposa, la madre
equilibrada, se deja llevar por el futuro del hoy que su amante le proporciona.
Sacian entre los vaivenes de las normas sus apetencias y solamente la
admiración napoleónica de él se interpone en sus planes. La suerte está echada
y, por más giros que la llegada a la gran urbe le pueda ofrecer, Julián sabe
que su suerte está echada. Allí, de manos de su atractivo, es llevado a las
inmediaciones de la alta burguesía y como si de un juguete se tratase, Mathilde
de La Mole, hija del marqués de tal título, pretende convertirlo en otro de sus
pretendientes. Lejos estaba de sospechar que será ella misma quien acabe
rendida a los encantos de este que tan dispar resulta del resto de los de su
casta. Julián sigue su ascenso y una serie de circunstancias en las que los
celos de su amante anterior van abocando a la obra hacia un final trágico. Un
asesinato incompleto, un juicio severísimo en el que no admite ayudas a su
favor, un encarcelamiento a la espera de la guillotina y una cascada de actos
heroicos por parte de aquella que no es capaz de asumir su destino. Un hijo en
vísperas que no podrá disfrutar de su padre convertido en un clon del Bautista
bajo el capricho de una Salomé llamada penitencia. La cueva del Jura será quien
sirva de panteón poniendo epílogo a una de las obras que mejor reflejan el
poder del deseo por más obstáculos que la vida les proponga. Como toda obra
romántica, el final es tan previsible que acabas sintiendo lástima por aquellos
que no supieron medir las consecuencias de sus actos mientras la vida misma les
sigue compadeciendo.
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