viernes, 11 de enero de 2019


1. Tesi


Ni voy a añadir la ene ni voy a escribir al completo la filiación que le da paso porque no hace falta. No, ni mucho menos, al grano, dejémonos de rollos, que hay prisa. Porque sí, así, con la vorágine de la inmediatez, se deja caer. Esta avalancha de concreción que la caracteriza no deja espacio para lo accesorio por si lo accesorio soñaba con ser protagonista. Pues de eso nada, faltaría más. De modo que tras el silencio que se trasluce más allá de la mampara, incluso el tartamudeo de la cafetera disminuye su voz y la puerta se entreabre temerosa. Nada debe interponerse entre su garganta y los oídos prestos que la tienen enfrente. Sabrán que más allá de las rayas azules, por debajo de los rizos, camuflados entre la bufanda, el imperio de la norma se instala sin posibilidad de dudas o réplicas. Claros objetivos y ruta diáfana por la que transitar a la espera de que la tarde se presente y decida darle pasaporte al atuendo deportivo. Poco importarán los polos a los que dirigirse mientras el horizonte se difumina entre los eucaliptos y los arrayanes del que fuera cauce desbordado y ya no es. Las aguas desaparecieron y los verdes alfombraron los rítmicos pasos. Sabe que la periodicidad alternará guaguancós y eso propiciará una pugna en sus caderas incansables. Poco importará si el asfalto insiste en convertirse senda procesionaria si ella puede impedirlo. No está para detener el tiempo que precisa ser exprimido. Pareciera que del verde uniformado extrajo hace años las enseñanzas que ahora reposan sobre la sacristía de Moya y sin embargo viajan sobre los galones de sí misma. Le esperan ansiosos los renglones que la acompañaron hacia el cruce del día dejando abierta la posibilidad de un nuevo argumento. Si sueña con seguir siendo atendido más le valdrá ofertar algo cautivador y alejado de gongorismos adornantes. Inicio, nudo y ya decidirá ella cuándo es el momento para dar paso al desenlace y con ello cerrar la contraportada. Mientras tanto, los olmos seguirán esperando un nuevo ciclo, las huertas pugnarán por ser las que ofrezcan los frutos más apetitosos y los calibres de los melocotones superarán las cotas razonables. Será quien mire fijamente al ratón y le avise de la imposibilidad de robarle el queso por más tentaciones que le supongan so pena de pagar cara su osadía. Hurgará en la faltriquera a la busca y captura del tintineo para así erigir el zigurat cafetero. No discutirá ni cuando sospeche la posibilidad de salir victoriosa del duelo dialéctico y su pasión vendrá revestida de aguamarina sirénido. Cerrará a cal y canto aquello que solamente a ella pertenece y lanzará un bonito sarcástico a la menos ocasión. Callo, se oyen sus pasos, la puerta se abrió y debo cerrar el susurro de las teclas. Si os la cruzáis, tranquilos; es menos de lo que aparenta por más intentos que exhiba de demostrar lo contrario. Hace tiempo que sabe que el alba de sus días está enmarcado convenientemente y lo demás, poco le importa. Acaba de comenzar a leer la siguiente página del enésimo libro y esta vez parece que el argumento le merece la pena.

jueves, 10 de enero de 2019


Ligar: cuestión de letras


Al hilo de lo comentado en anteriores ocasiones en cuanto a la exigencia de pulcritud ortográfica resulta que ayer la televisión vino a corroborar mi punto de vista. De todos es conocida la existencia de páginas cibernéticas que vienen a ejercer de celestinas actualizadas. Recordemos que hace años las agencias matrimoniales cubrieron huecos a relaciones que las distancias imposibilitaban o las timideces evitaban. Más de un caso conozco que gracias a ellas logró reverdecer amores o darles salida por primera vez. Tiempos pasados que ahora se manifiestan de otro modo pero hacia el mismo fin. Pues bien, ayer, en horario de máxima audiencia, alguna cadena televisiva se hacía eco de cómo el hecho de escribir correctamente o no proporcionaba o negaba crédito a los perfiles de los candidatos o candidatas dispuestos a encontrar pareja. En las respuestas, la mayoría afirmaba que un texto mal escrito, mal redactado, con faltas de ortografía, provocaba un descenso, cuando no la eliminación, como futurible al autor o autora de las mismas. Con ello se planteaba la existencia de un tamiz cercenador que muchas veces parece mostrarse ineficaz. Error, craso error. Sería comparable a pensar que aquel que se muestra poseedor de dos ojos está errado en el país de los tuertos. Por raro se le consideraría fuera de lugar hasta que alguien dedujese que era el válido. Sea por un motivo estético o por pura normativa, lo que parece evidente es que al final el telón se desvanece y la escena cobra vida. Si en una época en la que los correctores están al alcance de un clic no somos capaces de desequilibrar la balanza hacia la razón, la razón se acabará imponiendo y nos pillará por sorpresa. Personalmente, aunque cueste creerlo, de da lo mismo cómo escriba cada quién. Me da igual si quiere seguir la regla o no, siempre y cuando no deba someterlo a un control académico. Pero a modo de premonición me congratula saber que en situaciones de conquista amorosa, sí, vaya que sí, por supuesto que sí, se tiene en cuenta. De todos modos siempre habrá quien siga la consigna de Rafael Gómez Ortega, “El Gallo”, que cuando fue presentado a Ortega y Gasset le dijeron que era filósofo y sentenció su famoso Tié q’haber gente pa’tó”. Pues eso, siempre habrá un roto para un descosido y cada quien elegirá el hilo que mejor le acopla al pespunte necesario.   

miércoles, 9 de enero de 2019


Herradas ediciones literarias erradas.


Parece excesivo el número de ejemplares literarios editados. No hay más que acercarse a cualquier establecimiento que los ofrezca para comprobar cómo pilas enteras de los mismos se muestran sugerentemente al lector decidido a ser cautivado por ellos. Los ojeas, los hojeas, relees las reseñas, y los adquieres. Sueñas con que el autor o autora del mismo haya acertado contigo y asumes el riesgo de todo ello. Comienzas a dejarte llevar, la historia te atrae, unas veces más, otras veces menos, y todo discurre dentro de los cauces normalmente admitidos. Ya da lo mismo si has desembolsado tal o cual cantidad. Merece la estima aquel que se enreda en un argumento para hacerte partícipe del mismo y si con ello contribuyes a su sustento, mejor que mejor. Todos contentos. Lo acabarás, lo criticarás, lo compartirás, lo recomendarás. O no, todo dependerá. De hecho, tú, que a lo máximo que aspiras es a ser un “Juan Palomo” de este palomar, sabes por experiencia propia lo que significa autoeditarte, de los riesgos que acarrea, de los nulos beneficios, de las grandes gratificaciones anímicas. Son las reglas del juego y las aceptas o dejas de jugar. Por eso, cuando estás inmerso en la intriga de la última novela de uno de tus autores favoritos como Murakami,  llegas a la página trescientos noventa y nueve, y en el último párrafo descubres la errata inesperada, el desconsuelo llega como invitado de piedra. Buscas entre los culpables antiortográficos al traductor, al revisor, al editor, a alguien a quien recriminar la falta imperdonable que acaba de hacerse presente. Lo relees por si tu somnolencia te ha jugado una mala pasada y no, no yerras, se han equivocado. Han confundido un tiempo verbal con un sustantivo y la estructura del texto se ha ido al garete. Te dan ganas de enviar la queja a la editorial y la envías. Te dan ganas de regresar al establecimiento y reclamar un ejemplar correctamente escrito y lo pospones para la tarde. Te dan ganas de pedir explicaciones al traductor, al transcriptor o a quien corresponda y sonrojarles su falta de pulcritud. Empiezas a creer que se han establecido el “todo vale”, el “qué más da”,  como mecanismos de funcionamiento en el mundo de la edición y sospechas que acabarás siendo el último náufrago de una isla condenado al abandono. Ni vendrá un barco a rescatarte ni serán capaces de asentir los postulados que la norma regula. Así que  a partir de ahora voy a escribir como me dé la gana y que nadie me replique. Si a un célebre escritor lo traducen sin miramientos ortográficos, a mí, que no dejo de ser un aficionado costurero de letras, no me pueden pedir pulcritud. Visto lo visto, si veintitantos euros empleados en una obra se dan por bien empleados admitiendo una falta de ortografía, yo, que ni de lejos llego a ello, debería seguir su ejemplo. Si me provoca una úlcera o no, será lo de menos.

lunes, 7 de enero de 2019


1. Amalieta A.



En cuanto se quede quieta, si es que puede, afilaré el lápiz que la memoria me presta e intentaré bocetarla. No será fácil, no. Y no lo será porque está tan acostumbrada a gobernar que la mínima pose que la lleve a la inmovilidad le parecerá una pérdida de tiempo. Lo suyo es un no parar. De aquí para allá, de esto a lo otro, ni pausa, ni sosiego. Este torbellino que la caracteriza es el que le impide acumular bajo la piel más allá de lo necesario e imprescindible. Como si de ello dependiera su existencia, el remanso de la calma no tiene cabida. Cubrirá sus pensamientos con los flecos que simularán ser yelmos protectores de esta guerrera que la viste. No asumirá el papel de damisela bordadora en la torre del homenaje del castillo porque lo suyo es plantar cara y batalla a las adversidades. Poco importará si las dimensiones de las mismas remueven los tendones de su fortaleza. Ella, desde siempre, para siempre, sabe que el reto no le asusta y callará para sí los interrogantes para no dar la sensación de flaqueza.  Transitará sobre el filo de la cordura que a muchos que la desconocen le sonará a frivolidad. Se equivocan. El sentimiento que subyace en su yo más íntimo fue tejiendo la cota de malla, el almófar y las brafoneras  de su armadura creando el prototipo de una renacida Juana de Arco a la que ni la hoguera será capaz de derrotar. Una del trino, en cuyos vértices se apoya cada vez que el desánimo momentáneo aparece intentando tapar la sonrisa que devendrá en carcajada. Echa de menos lo que nunca ha dejado de estar y será capaz de aventurarse a soñar lo que pudo haber sido para concluir el argumento de un libreto del  que ser protagonista. Velará como luz parpadeante de aquellos a los que la sangre le lleva y custodia con la fortaleza de sus anhelos. Seguirá echando de menos las cenizas que se perpetuaron sobre el mechero de unos dedos amarillentos. Gozará de la inmediatez para negarse la posibilidad de seguir arrancando hojas a un calendario que acumule tristezas. Sabrá que cada vez que la cúpula de la noche se pueble de destellos, al menos dos, le pertenecen. De los pálpitos  que perciba callará sus enseñanzas y solamente bajará la guardia cuando los oídos de la comprensión abran los tímpanos y la abracen. Se hace de querer y empiezo a sospechar, si es que alguna vez llegué a dudarlo, que se lo merece sobradamente. Solamente será necesario ver cómo verbenea los ritmos y llegado el descanso vuelve a ser el espíritu frágil que en ellos se refugia. Llegó como regalo real hace tiempo y no sabría decir si es más oro, incienso o mirra. Quizás una amalgama de todo a la vez.

sábado, 5 de enero de 2019


1. María Jesús M.



Reconozco y asumo la inquietud que me viene cuando saco punta al lápiz con el que trazar su boceto. No lo puedo evitar y confío en que el golpe de salida dé salida al juego que sobre el verde buscará los hoyos de la mirada tantas jornadas compartida a la hora habitual en el refectorio de costumbre.  Ella, a nada que te descuides, lanzará un drive directo cargado de agudeza para comprobar si la distancia entre la ironía y el sarcasmo se acortan debidamente. Esparcirá sobre la cara orientada al Este sus razonamientos y no será de las que se dejen convencer fácilmente por las objeciones opuestas a ellos. Llegado el caso, sacará de sí misma el putt correcto a las distancias cortas y elevará por encima de tu horizonte la mirada desafiante y vencedora. Reclamará los hierros adecuados con los que ejecutar un nuevo  approach y seguir sorteando los inconvenientes que le puedan surgir en su devenir diario. Sabe que el destino suele enviar retos a quien puede superarlos y ella acumula suficiente currículo como para no dejarse amilanar por ellos. Su golpe de seguridad lo diseña moviendo convenientemente los aros que forman en cuarteto y esperan que decida dónde colocar el quinto para coronarla como sacerdotisa del Olimpo. No hay prisa. Llegará el momento cuando ella lo decida y el chip le garantice la huída del bunker traicionero. Marcó su ritmo y no será fácil detenerla cuando encare sus objetivos. Y cuando las ramas no podadas del futuro le intenten obstaculizar la visión diáfana del mismo, ejecutará un punch que descolocará a las mismísimas raíces que las sustentaban. Saldrá de la espesura volatilizando sus dorados pensamientos y reafirmará su vuelo con un flop lo suficientemente alto como para alcanzar sus sueños. No en balde vino en la noche en la que los sueños se cumplen y de ello hace gala. Será capaz de desarmar las posturas que busquen vericuetos y no sepan ir al grano. Vivirá en el presente los ayeres que tantas fisuras dejaron y tantas sonrisas le regresan. Sacará de su ánimo a la eterna adolescente que fue capaz de realizar la instrucción militar obedeciendo las órdenes que solamente el cariño es capaz de ejecutar. Velará los recuerdos de la desmemoria para que quede constancia de que su penúltimo recorrido supuso un par lo suficientemente bueno como para celebrarlo cada cinco de enero y hacernos partícipes de su alegría. Y todo esto lo hará mientras duda de mí cuando le digo “deja, deja, que ya lo quito yo y de paso repongo el agua en la nespresso, que siempre me toca a mí“        

viernes, 4 de enero de 2019


1. Los San Juan


Los ves y reconoces enseguida el esfuerzo titánico que quienes los guían deben realizar para evitarse y evitarles descalabros. Este trío podría pasar por ser la réplica de los mosqueteros de Dumas y sabríamos que debajo del tahalí esconden gran parte de su valor. Uno, otro y el tercero, se escudan en la astucia para equilibrar el esfuerzo necesario que no les ocasione demasiada pérdida de energías. Uno correrá la banda persiguiendo al balón o al contrincante que ose retarle. Llegará al descanso y mirará displicente hacia la grada para descubrir en una única ojeada la aprobación o repulsa de aquellas que lo idolatran. Otro escarpará las laderas tratando de coronar las cimas lo más rápidamente posible. Lanzará piropos que ni él mismo se cree con la sinceridad de quien busca rentabilizarlos en el momento de la justicia puntuadora. Será quien manifieste la dualidad térmica en un mismo cuerpo ante el asombro de quienes le veamos polarizado en su hemisferio norte y ecuatorizado en el hemisferio sur. El tercero, imitará desde su nombre al héroe troyano  y será el encargado de defender las disputas con razonamientos inteligentes como si domesticase a los caballos de la ignorancia. Guasón como ninguno de los suyos, simulará la trampa para dejarte con la boca abierta y no saber si denostarlo o aplaudirlo. Tres floretes envainados que comparten senda y se asemejan tanto como diferencias muestran. A nada que escarbes descubrirás un fondo que firmado va de sonrisas mal disimuladas. Se mueven como peces en el agua refugiándose delas riadas en  las curvas de los meandros arenosos del “yo no he sido”. Ganadores del respeto entre quienes  volubles se muestran a la edad de permitirse serlo a base de no mostrar dobleces, de ir de frente. Serían los elegidos para un remake de “El padrino” porque en ellos los pactos de sangre se adivinan y confirman. El papel que cada uno desarrollaría en esta nueva versión cinematográfica está clarísimo pero no seré yo quien los adjudique. Simplemente hará falta detenerse mínimamente cuando coincidan los tres y descubrir el potencial que cada uno atesora. Pero habrá que hacerlo deprisa. Un balón empieza a rodar de nuevo, una nueva ruta pide carrera y un nuevo pensamiento filosófico se está gestando para dejarte con la sonrisa disimulada y la duda de si optar por la reprimenda o carcajear la penúltima ocurrencia. Los resultados académicos, lo dejamos para otra ocasión. No conviene olvidar que antes de ser alumno, todo el mundo es individuo, más o menos peculiar, más o menos mosquetero, más o menos digno de ser retratado con la esperanza de haber dado en la diana. 

miércoles, 2 de enero de 2019


La pata de cabra


Aparte de sonar a título de leyenda misteriosa también es el apéndice inferior que los vehículos de dos ruedas llevan para ayudar a estabilizarlo cuando el tránsito ha terminado. Normalmente en el lado izquierdo y adherida a un muelle retráctil que la hace pasar desapercibida habitualmente. Paras, apoyas ambos pies, deslizas el izquierdo hacia la misma y solamente debes esperar a que la tensión del momento termine y así saltar indemne. Luego ya de ti depende dejarla inclinada y que la pata soporte semejante peso o reclamar el esfuerzo al caballete que duerme a dúo al lado de la misma. Todo fácil, todo sencillo. Hasta que el exceso de confianza te gana la partida y sin comprobar detalladamente los pasos previos, automatizas el absurdo. En décimas de segundo la pata cede, el muelle se retracta de su labor, el manillar busca ser la hipotenusa del triángulo y te ves inmerso en un sketch sin aplausos de fondo. Te ves engullido como si Jonás buscase a ti al sustituto y el horizonte se vuelve vertical. Miras hacia el cuentakilómetros y un añadido de amargura te llega al comprobar el dígito que marca cero en la velocidad. Recuerdas a aquel pipiolo que intentó quitarle hierro a la tentación cuando aseguraba no conocer a nadie que no hubiese sufrido una caída. Vale, profecía cumplida. Recobras la dignidad ante la ausencia de testigos y recuentas mentalmente la osamenta que te pertenece. Todo parece estar en su sitio. Ella, ni un rasguño. Tú, con la incógnita dibujada en el rostro sin saber qué has hecho mal. Y entonces, en mitad de semejante ecuación, la miras y allí está. La muy ladina vuelve a refugiarse en la espiral de sus muelles y parece mofarse de tu exceso de confianza. Piensas qué reprimenda se merece y refrescas tu memoria. Sí, justo allí, en la estantería de la derecha, permanece a la espera de su debut el bote de pintura que jamás supiste para qué finalidad lo habías adquirido. Lo ases, lo trasladas, se lo aproximas y percibes que no es el color que hubiera preferido como penitencia. Con cierta maldad tiznas lo que hasta ayer era elegantemente negro y sabes que a partir de ahora la cabra lucirá mucho mejor. Dicen que quien ríe el último ríe mejor y espero haber sido yo. Que no se tome cumplida venganza al verse de esa guisa ya el tiempo lo dirá; pero uno de mis propósitos creo que va a ser convertirme en pintor y ya he empezado a llevarlo a cabo.