domingo, 2 de noviembre de 2014


   Mayúsculas

 

Estaba acostumbrado a seguir la pauta ortográfica desde niño y a tal efecto le resultaba  enriquecedor el premio de su uso a la más mínima ocasión. Diríase que en su ascenso a la letra se sentía como gobernador de las emociones que en ellas encerraba y gustoso compartía para echarlas a volar. Esos halcones que ansiaban vuelos permanecían a la espera de su turno para surcar los cielos y sobre ellos esparcir sus alas al encuentro de otros nidos. No, no las utilizaría como arma de cetrería cada vez que sobre el papel apareciesen, se dijo. Serían el exponente claro de la voz que gritaría amores dormidos que despertaban de nuevo, pasiones latentes que pedían turno, proclamas eternas en efímeras letras. Nada en él se vestía de soberbia por más que así lo pareciese ante ojos ajenos. Los pergaminos desenvueltos desde  el temblor de desnudarse bajaban la guardia y el escudo se fundía para mostrarse sincero. De nada servían las rigideces que no supieron de qué firmas partían cada vez que le advertían de lo incorrecto de su proceder. Sabía sobradamente que el uso mayúsculo no suponía grito ensordecedor sino que más bien proclamaba sus dichas y desgracias a voz alzada para no ahogar a su alma. Y tuvo la dicha de ser acogido. Sólo los guardianes fronterizos de la norma no escrita se atrevieron a proponer castraciones a su forma. No entendían que más allá del uniforme, mas debajo de los galones asumidos, el latir campa a sus anchas y no merecía reprimendas ni coacciones. Tuvo clara la idea de comprobar cómo aquellos que se atribuían el papel de inquisidores eran reos de su misma condena al no permitir la credencial básica del sentimiento, la libertad. Así que decidió seguir su propia pauta y renunció a los dictados impuestos porque libre era y libre seguiría siendo. Tan sólo dejaría a un lado, echaría a la cuneta de su vida, a quienes no fuesen capaces de permitir alzar la voz y tomar la palabra. Daba igual si el texto crecía o menguaba. Lo básico era que llegase al alma para el que fuese gestado y así dar por cierta la razón primigenia que le diese vida. Nació para ser vivido, y sólo el sentimiento se puede vivir en mayúsculas. Los que no lo admiten, sencillamente, viven a medias al encorsetar innecesariamente en su propio calabozo.

sábado, 1 de noviembre de 2014


     Los cipreses

 

Cuentan que cuando el Sumo Hacedor emprendió su tarea de creación al llegar a la tercera jornada diseminó a las plantas por toda la Tierra. Cada una de ellas se adjudicó una tarea con la que validar su existencia y presentar sus conveniencias. Unas darían frutos con los que alimentarse, otras ofrecerían sus leñas para resguardarse del frío, otras embellecerían los espacios. De modo que cada especie se fue asignando una labor y así repoblaron todos los confines. En eso estaban cuando unas de ellas no conseguían  valorarse lo suficiente y no entendían podría ser su misión. Ni darían calor, ni frutos, ni sombras. De modo que algo desolados, decidieron crecer a la vereda de los paseos románticos como guardianes de aquellos que se soñaban queridos y transitaban por ellos. Vieron y callaron pasiones desmedidas de poetas desamados que no conseguían consuelo y que a sus pies derrumbaban versos. Vieron y acariciaron sombras de quienes amaban a la soledad  cada vez que la tarde de otoño tocaba a su fin. Parieron y cedieron sus piñas a modo de cuentas del rosario inacabado para pulir los misterios dolorosos y tornarlos gozosos. Y así, aquellos que nacieron desde la duda de su valía, siguen siempre vivos cuidando de quienes les tienen por centinelas. Bailan al compás de los vientos que ululan desde las cruces entonando las letanías del miserere inacabado. Piden clemencia ante los errores hacia aquellos que los cometieron porque en su interior conocen el arrepentimiento del que hacen gala. Cobijan a los epitafios en el cuaderno manuscrito que el dolor de la pérdida exhala. Y así, reconfortan el paso definitivo.  Puede que crean en dios, que su sombra sea tan alargada como el interrogante no resuelto, que su discreción esté revestida por las jaculatorias olvidadas. Puede que en el fondo de sus raíces, hayan encontrado por fin, el verdadero motivo de su existencia. Formarán el pasillo de honor en el último desfile y vestirán de gala sus verdes para mitigar el dolor que nos supone la pérdida del ser querido. Callan que el Sumo Hacedor, cada vez que algún ciprés se vuelve a replantear su finalidad, sonríe y le deja crecer para que descubra por sí sólo la grandeza de su labor.

viernes, 31 de octubre de 2014


     Ser y parecer

 

Ese era el dueto de verbos que se le adjudicaba a la mujer del césar en la Roma Imperial. A ellos se les podría añadir los adjetivos y apelativos  que todos tenemos en mente por haberlos aprendido en los pupitres de nuestra propia casa. Honestidad, decencia, responsabilidad, honradez. Y mira por donde, no es así. Después de meses y años esperando el final del listado de corruptos, desisto de dos cuestiones fundamentales. Renuncio a calificarlos de presuntos y renuncio a esperar a que acudan  algunos más que justifiquen las acciones de los que ya están implicados. Mi enhorabuena, servidores públicos, políticos electos, malabaristas del engaño. Mi enhorabuena por haber sido capaces de demostrarnos el modo más directo de actuar en próximas convocatorias. Habéis jugado con la esperanza para destrozarla y enviarla al estercolero en donde os encontráis tan a gusto. Removéis las cisternas para que el putrefacto hedor consiga adormecernos y a la vez alejarnos de vuestras somníferas  proclamas. Habéis jugado con los dados marcados que ni los más canallas de los tahúres sospecharon tener a su disposición en el tapete verde que habéis destrozado con vuestras trampas. Y  lo peor de todo esto es el muro de desolación que estáis alzando en torno a nuestras futuras decisiones. En ese modo de actuar conseguís que penemos que todos sois iguales y así escudaros en la iniquidad de la multitud que os cobija. No tenéis vergüenza por no ser capaces de ponerle límite a vuestra codicia. No tenéis otro objetivo que extender la alfombra que os conducirá a elevados pedestales. En ese castillo erigido a vuestra voluntad se han situado los alfiles que gozan de vuestras prebendas y os extienden los estandartes esperando vuestra llegada. Y mientras, las fanfarrias esparciendo vuelos de negritudes que quieren impedir el nuevo rayo luminoso. Seréis quienes, cuando las tornas se os vuelvan en contra, os camuflaréis camaleónicamente en el discurso del encantador de cobras que tan bien se os da para hacernos bailar al son de la quena. ¡Qué decepción! Hemos vivido en las dos orillas en las que la sociedad  se ve sometida. Una, usó y abusó de su ordeno y mando. Pasó al recuerdo y gracias a vosotros,  algún iluminado presentará las credenciales de salvador y llevará las de ganar. Entonces, como dictó el desencanto, vendrán a por todos y no tendrá remedio.   

 

 

jueves, 30 de octubre de 2014


      Evanescente

 

Intentó infructuosamente definirla y la tríada de intentos acabó en el fracaso de la desilusión. No encontraba los pinceles adecuados con los que dibujar las líneas definitorias que trazasen el perfil aproximado a la virtud que  ojos vista atesoraba y a ojos ciegos exponía. Era la imagen salida del jardín de Venus que en un descuido decidió descender para hacerse real. Era y es quien a su paso deja en el aire el hálito embriagador en el que los sedientos poetas perecen al saberse descubiertos en su vano intento por superar lo insuperable. Flota desde el cendal que el romántico predecesor rimase para recordarnos que la levedad del amor viene de la mano de la pasión desmedida que se rendirá a sus pies como hojarasca otoñal que se da por vencida. Marmórea ardiente que renunciará al pedestal para no provocar celos a las que ya los acumulan al saberse inferiores. Desde el perfil donde nacen sus besos, los vientos cobran sentido y se arremolinan a su compás para no verse alejados de ella y arrojados a los acantilados del gris. Acaricia a las brisas como sólo las diosas son capaces de hacer mientras las remite a los confines de quienes ignoran el néctar de ella manado. Vira la vista porque el pudor de saberse así ruboriza a la sencillez que la habita  cuyo cíngulo se niega a penar por nada que no sean alegrías. Renuncia a descubrir que el mismísimo señor de las tinieblas se dio por vencido al pretender cobrarse en su alma el precio de tal hermosura. No pudo, ni supo, ni quiso ser capaz  inmunizarse ante la ninfa que quiso para sí. Sueña con rayos de luna a los que trenzar  dorados con los que tejer enredaderas a las que ascender quien se sienta cautivo. Allí, en el frío de la noche, la verdad disipará temores y ella gobernará a su antojo a los miedos. No será necesario que los pétalos de la rosa encerrada decidan caer porque la savia que los alimenta nace de su gesto hermoso. Aquí, mis horas muertas empiezan a desempañar el espejo en el que me miro para devolverme a la realidad. La he soñado al verla y consigo tenerla al soñarla. La vela hace tiempo que dejó de iluminar y no fue necesario el relevo. Frente a mí reposa, frente a mí perdura, frente a mí se eterniza. Cerraré la ventana. Niego permiso al intento del frío del amanecer por convertirse en marco que la abrace y acaricie. Una noche más, la soñé, la tuve, vivimos la fugacidad y fui feliz. El mañana me espera para de nuevo hacerme sentir el mayor de los esclavos que calzan por cadenas la caridad de su amor sin  ella saberlo.

 

miércoles, 29 de octubre de 2014


      Mi mar

 

Refugio en el que cualquier  espíritu marinero se  sabrá bien recibido nada más despliegue las velas a los horizontes ilimitados. Mar cubierto de salinas que disuelven las penas de aquellos que náufragos lo han dado todo por perdido sin haber conseguido discernir cuanto deseaban. Un mar de cadencias que acarician a las olas entre los versos que sacan a flote a los que están a punto de perecer. En este crisol de atardeceres, el vuelo de las gaviotas traza los surcos del pentagrama en el que suenan las habaneras desde el faro de la nostalgia. Y amanece el crepúsculo con la reverberación de los sones que suenan a sueños en las travesías de la soledad. Sé de qué hablo porque el mascarón de proa que me viste surca con el viento de levante las rutas por descubrir en aquellos espíritus libres que se niegan soledades. No, no me incomoda el salpicar de los salitres por más que quieran apoderarse de mis ojos y cegarme la esperanza de un nuevo viaje. Nací para espantar a los monstruos que diseñaron los miedos y con ello reconforto a quienes viajan conmigo. De nada servirán las tormentas que los huracanes provoquen porque saben que su batalla está perdida de antemano ante su falta de argumentos. Este mar, mimado mar, soñado mar, en el que me desenvuelvo se orienta con la estrella del sur que sólo los atrevidos navegantes saben leer para evitar embarrancamientos en las arenas traicioneras. De nada servirá que las jarcias templen malos augurios porque sé que allí, desde lo más profundo de su ser, este mar, se alía conmigo y entre ambos trazamos la vía láctea de los amantes perdidos, de las almas olvidadas, de los robinsones ignorados. Haced como que no veis, no,  lo desgastada que pervive mi piel de tanto arponearse con los anzuelos del desencanto. En ellos, las redes traicioneras capturarán al delfín imposible que esparcirá cabriolas risueñas al compás de barlovento mientras el canto de sirenas intentará distraer a loa aguerridos grumetes que se sueñan capitanes sin serlo. A ambos lados de mi torso las anclas,  rémoras de sueños sobreviven  capturando a los malos presagios  que consigo ignorar. Esta tarde, como todas las tardes, en el pantalán de poniente, reposará mi paso. Y una vez más, como todas las tardes, besaré silencioso a las olas que esparza sobre mis ojos este mar de sueños, al que tanto debo, al que tanto quiero, al que tanto necesito. Sin él, no tendría sentido mi vida adherida a la proa de un barco llamado sentir.           

 

martes, 28 de octubre de 2014


    Hola de nuevo

 

Fue lo que leyó en aquel cartel publicitario aquella anodina mañana. Anunciaban no sabía a ciencia cierta qué y sin embargo el tono le resultó familiar. Siempre soñó con la posibilidad del reencuentro y en sus entelequias las múltiples posibilidades de saludos se agolpaban queriendo ser las elegidas. Las dudas anidaban en su interior negando el paso a la osadía de lanzarse a su búsqueda. No quiso recordar los días en los que las innumerables promesas colgaron de las ramas porque el dolor al olvido alzaba un patíbulo cuyo rehén llevaba su nombre. Soñó tantas veces despierta que la vela se hizo dueña de sus noches descontando espinas a los segundos de oscuridad. Y logró olvidarlo, se mentía quien quería a toda costa la posibilidad contraria. En sus soledades acompañadas se hicieron un hueco las estrofas de aquellas poesías robadas al viento, los estribillos entonados a dúo como sellos del manuscrito del amor que se profesaban. Duraban los enfados lo que tardaba en pasar la primera brisa sobre los ojos empañados que pedían perdones y perdones ganaban. Pocas veces se supo de semejantes pasiones que no fue necesario dar por sentado lo que a todas luces aparecía. Caminos divergentes con un punto de perspectiva en el horizonte que creyó ver cubierto bajo el granito del olvido. Hasta ese día en el que su vista alzó la voz y recordó su textura, su tacto, su piel. Algo le decía que no era un sentimiento de ida únicamente y bajo esa posibilidad, decidió soñarlo, decidió buscarlo, decidió tenerlo. No le fue esquivo el esfuerzo y el temblor de sus manos no llegó a acertar sobre los dígitos del teléfono. Se sentó sobre el extremo del banco solitario de la plaza y encendió un cigarro. Su imagen le vino vestida con la sonrisa que provoca la alegría y se quitó la coraza que tanto tiempo llevaba su corazón prisionero en la mazmorra del cariño prestado. Apuró la nicotina y volvió a marcar. A los pocos segundos, nada más mencionar su nombre, unos labios desde la distancia,  reconocieron su voz y repitieron el “Hola de nuevo” que tantas veces hicieron suyo y que sonaba esta vez  tan cercano que los años de ausencias cayeron en el foso del olvido. Sabe sobradamente que allí  suelen enviarse a los presos del amor cuando se intentan negar la certeza de todo cuánto sienten.  

 

lunes, 27 de octubre de 2014


    El trono del desencanto

 

Quiso ser el alma libre que libre vagase entre las nubes grises de las grises existencias y así creció y así pervive. Ella, tan ecuánime a ojos extraños, ejercía  de dueña desde el ejercicio poderoso que el convencimiento nacido del alma utiliza como argamasa de cimientos para soportar al edificio de los sentimientos. Cumplía como había aprendido a cumplir desde el ejemplo recibido y la tacha era improbable en su trayecto vital por el que tantas interrogantes esparcieron los próximos. Se sabía dueña del fiel de la balanza en la que los méritos se distribuían desde dentro para compensar las taras que le pudiesen llegar. Reinaba desde la duodécima planta y ni siquiera las luces que osaban traspasar los cristales que reflejaban a la bahía eran capaces de resolver el enigma. Fluctuaron las leyendas que hablaban de ella como la inaccesible que mantenía a raya a los más osados que lograban acercársele. Ninguno supo descifrar en aquella mirada la vulnerabilidad que la asediaba y a la que refugiaba dentro del calabozo de la rigidez. Era feliz regente desde el trono envidiado  más no envidiable. Sus renuncias habían pagado un precio elevado y era el momento en el que la sinceridad hurgaba hacia sus adentros haciéndola entristecer. Hacía días que el recuerdo de aquella tarde le asaltaba como invitado sin permiso. Volvieron a aparecer las escenas en las que las risas y el griterío se mezclaban con los acordes de las canciones que desde la cabina llegaban. Regresó su rostro y un rictus arqueó sus labios. Recordaba la locura que llegó a conocer en aquel que tantas utopías le abriese. Su dualidad por querer y deber transitó por la línea que el equilibrista casual tendió a los pies de quien tanto disfrutó al traspasar los límites. Así empezaron a arrugarse las rayas de su futuro que ahora le traía las recompensas no deseadas y la vestían de gris marengo. Pasó la nube no invitada y con ella la penumbra iluminó su renuncia. Descubrió por fin, lo que tantas veces supo y no se atrevió a admitir. El desencanto con el que se cubría  nació  aquella vez en la que dejó vencer a la razón para alcanzar el trono que la victoria más amarga concede a los cobardes. Dio la espalda al horizonte, se sentó tras su mesa impoluta y una sombra de dolor recorrió el páramo de su maquillaje arando el yermo en el que nada sembrase.