miércoles, 21 de noviembre de 2018


1. Rexeyes



Nada más verlo tienes la sensación de encontrarte en el Bosque de Sherwood y estar delante de unos de los componentes de la banda de Robin Hood. La inmediatez del sonido de las flechas imaginarias silban por tus oídos y un retorno a la leyenda se abre hueco. Buscará entre su túnica el frasco de la pócima en el que guarda los sueños y a nada que te descuides te los brindará. Será un brindis al sol de la aventura a la que tanto le debe este que mira desde los marcos de madera la llegada de un nuevo amanecer. Probablemente haya diseñado a lo largo de la noche el enésimo soliloquio del razonamiento encaminado a la incordura. Sabe que en este lado de la norma están las verdaderas raíces de la subsistencia del alma y a ellas se aferra para no dejarse arrastrar hacia el abismo de la normalidad. Juega su papel de juglar como si el mismísimo riego de la sangre se lo hubiese transmitido a modo de herencia irrenunciable. Su puesto se eleva unos centímetros por encima de los cercanos y a veces el hábito de la incomprensión le tatúa indeseos. Volátil pensamiento el suyo que reniega de pertenecer a una época tan solitaria como la incompetente mirada de quien solamente busca réditos. Este eremita del sentir se sacia para sí con la savia del convencimiento de estar en el lugar equivocado en el momento preciso. Mesías de posturas que no precisará de apóstoles ni evangelistas que le sigan o den testimonio. Sus sagradas escrituras se caligrafían de fuera hacia dentro y en el cofre más seguro las mantiene. Únicamente la aparición de alguien capaz de entenderlas será capaz de vencer la resistencia que pone con el candado del pudor. Dentro de nada, las golondrinas volverán a ocupar el nido que eligieron debajo de su alero. Entonces, solamente entonces, comprenderá que una nueva primavera se ha abierto y con ella los brotes    de sus postulados florecerán a su antojo. Ni siquiera el desafinado sonido de las seis cuerdas será capaz de amortiguar la vibrante expresión de alegría que nazca de sus ojos. El resto de lo que suceda en el bosque, le traerá al pairo. Tan acostumbrado está a los repartos injustos que ha desistido hace tiempo a reclamar el lote que le corresponde. Y mientras tanto, intenta cumplir con el sueño de los justos sobre los que eleva una antorcha que les orientará en el camino de regreso cuando soliciten su compañía. Las estrofas se agolpan de nuevo y no es cuestión de hacerlas esperar.

martes, 20 de noviembre de 2018


1. Alejandra Milla Sánchez



Reconozco mi debilidad ante determinadas situaciones, ante determinados caracteres, ante determinadas formas de ser. Y también ante determinados apellidos que se perpetúan en el tiempo para seguir acompañándote en tus horas lectivas. Este es el caso, uno más de la saga. Ella, que tuvo como precursora a la experiencia heredada, se mueve como pez en el agua que repudia las tormentas. Pareciera que una corriente de calma la envuelve cuando se trata de afrontar los problemas que a esa edad solemos considerar insalvables. Nada se le resiste porque nació con el convencimiento de poder superar cualquier adversidad y en ello continúa. Hace honor al apellido al lanzar al viento que la tiza torbellina la carcajada que solamente los agudos e inteligentes guardan en su interior. Domina el lenguaje para hacer con él las cenefas que adornan su progreso. Tatúa las líneas a la derecha de las pautas como si quisiera aferrarse al legado que las letras siembran a la espera de dar sus frutos. Cosecha en el día a día y no se vanagloria para no desmerecer al próximo. Sería imperdonable para ella dañar al cercano que se sabe inferior. Por ello disimula su poderío y sencillamente se deja llevar por el discurrir de las jornadas. Ase del brazo a la acompañante que le da sombra cada mañana hasta que la acera pone coto al pudor de la despedida. Un ladrido callado se preguntará de nuevo cuánto va a durar su ausencia y ella le sonreirá para aportarle la calma. Nunca osará protestar porque sabrá meditar desde el silencio las opciones que desde la tarima la juzgaron. Se hace de querer y quiere. A los interrogantes de la vida les limará las aristas para que sean capaces de aportarle argumentos en su imparable crecimiento como persona. Probablemente considere inmerecidas estas líneas y le resulte costoso disimular el cárdeno de sus mejillas cuando las lea. Sus méritos para ello se siguen descolgando a modo de estalactitas en la caliza existencia que le da cobijo. Cuida las formas de un modo que sorprende hasta a las mismas formas cuando la disconformidad se le adhiere como jubón inesperado. El último escalón ha pedido hueco y ella, como no, se lo ha hecho. Seguirá siendo el eje equilibrador de la balanza filial y solo será cuestión de tiempo el que pueda comprobarlo por ella misma. Mientras tanto, su mirada inquieta, su atención al verbo, su pulcritud en la obligación, siguen firmando con rúbrica firme su nombre. El hueco en la orla del recuerdo ya lo tiene reservado, sin duda.       

lunes, 19 de noviembre de 2018


Y al tercer año, resucitó



Probablemente a más de uno le suene a chanza histriónica y un tanto irreverente el título de este libro. Posiblemente aquellos que vivimos el nacimiento de acontecimientos predemocráticos aún recordemos a Vizcaíno Casas, autor de semejante obra. Y dado el cariz desenterrador que lleva el discurrir de los días no he podido por menos que recordar aquel argumento que no dejaba de ser una novela bufa sobre la imposibilidad de perpetuidad del “añorado Caudillo”. En la misma, Fernando Vizcaíno Casas, plateaba la posibilidad de dar vida a alguien semejante físicamente a Franco y hacerle desfilar como cuerpo presente a ver qué reacción tenía el pueblo.  La calidad literaria de la obra ya se puede intuir. Los derechos de autor pasaron a ser salvoconducto de la película subsiguiente y la sucesión de momentos a través de las páginas en las que el temor de unos se confundía con los vítores de los otros acababan por redondear este folletín para mayor gloria de nostálgicos del Régimen. Aquella lectura soñaba con parecerse a la letra de una zarzuela aún por estrenar en la medida en que retrataba el sentir cotidiano de una de las partes sociales. Nada de reivindicar justicias, no; en eso, Vizcaíno Casas, tenía muy claras sus posturas a pesar de dejarlas deslizar con un increíble halo de imparcialidad. Según él, el mal disimulado miedo por parte de los rojos salía la luz ante el resucitado, y el orden se dictaba de nuevo. Lo dicho, una obra simple, oportunista como tantas otras del autor que llegó  a los quioscos para consuelo de lutos con brazo en alto y saludo centurión. Curioso, de cualquier modo, resulta  que transcurridos cuarenta años de aquella publicación, unos, otros, otros, unos y todos entre unos y otros, parezcan echar de menos una reedición de aquella novela insustancial. Si algún perteneciente a cualquiera de los bandos muere de deseos por leerla, que me lo comunique y la busco. En alguna caja de cartón anudada debe estar como recuerdo de vida ya finiquitada hace años. Lo más probable será que el olor a naftalina se haya impuesto al polvo del entierro de las páginas que no dejan de ser un compendio de chistes no demasiados afortunados. Queda un día para otro veinte de noviembre y la casualidad ha actuado a su antojo. De las disputas más o menos estériles, paso completamente a la espera de la aparición de una novela titulada “Fin, por fin”. Igual es más divertida y sella un argumento definitivamente serio.

domingo, 18 de noviembre de 2018


La mano del diablo



Llevaba tiempo , demasiado  tiempo, excesivo tiempo sin dedicarle a la novela policíaca su espacio como lector. Demasiado tiempo sin regresar a los argumentos en los que la acción se sobrepone al carácter del protagonista o la secuencia de planos escénicos se solapa una y otra vez a modo de sectores de un abanico en constate movimiento. De modo que dejándome llevar por el título, de la mano de Preston  y Child, asumí el reto. Atractivo ser es el Diablo, sin duda, que ha dado pie a innumerables páginas noveladas, leyendas, y demás ficciones. Así que sumergido en una imaginaria nube de azufre de dejé llevar. El argumento, más o menos conocido. Crímenes no resueltos con toques satánicos y un par de policías a la búsqueda de la solución final del enigma. De paso un mesiánico personaje que se cree lo que no es teniendo sus momentos de gloria y todo ello aderezado con sutiles gotas de oscurantismos medievales puestos al día. Nueva York alternando telones con Florencia y el dúo protagonista desentrañando lo que parecía provenir del más allá. Seiscientas y pico páginas que se despliegan a  buen ritmo y que parecen destinadas a convertirse en guion cinematográfico a nada que vuelva aponerse de moda semejante género. Por un momento parece que Holmes y Watson se trasladan a la actualidad y con algo más de energía física van dando cumplida cuenta a los acertijos del enigma en cuestión. Las carencias emocionales o vitales de ambos pasan a un segundo plano y aquí lo esencial es recuperar la senda de la investigación que nos lleve a un resultado, obviamente, satisfactorio. Cierto tufo en algún momento a gato negro de Poe se deja apreciar. Lo que no acaba de encajar es la fusión un tanto forzada entre el pragmatismo de los negocios orientales cargados de billetes con los sonidos excelsos del violín Stradivarius. No lo veo, no; parece un añadido postizo al argumento en sus constantes idas y venidas por las páginas del libro. De hecho, ese día que te has levantado con mal pie lector tu mente se detiene más en el cartel de la multinacional de la confección que en la propia secuencia de los capítulos. No en balde, justo en la planta baja de al lado, un establecimiento luce máscaras demoníacas carnavalescas. Dispersiones que pronto dejan de estar y recuperan el paso hacia un final de novela más o menos esperado. Lo único que a partir de entonces te provoca inquietud es el microondas sobre el que gira la taza a la espera de ser liberada. De la relación de este electrodoméstico con la trama de esta obra narrativa no añadiré más.  Quien se sienta interesado, que se deje arrastrar por su lectura y lo descubra por sí mismo. Y si es mayor la curiosidad que su paciencia, que me la pida. Si la desvelaré o no, solamente el diablo lo sabe.

viernes, 16 de noviembre de 2018


1. Jesús Vergara, y sus libros


Quizás resulte escaso el hecho de limitar a los libros que le envuelven su diario laboral. Escaso y sobre todo, demasiado simple cuando de lo que se trata es de intentar explicarte a ti mismo qué le lleva a alguien a ser custodio de libros y administrador de enseñanzas en las horas de ludo. Amas las lecturas, admiras a los y las autores que las firman, y no dejas de darle vueltas al hecho de que cada día más parezcan abocadas a la desaparición definitiva. Cierto desconsuelo te llega y entonces alguien como Jesús te proporciona el aliento para seguir creyendo en las utopías ciertas. Alguien capaz de combinar aguas de Guadalquivir y Cabriel, perfiles de marismas y cerros, acentos manchuelos y sevillanos, alguien así, merece tu atención, tu respeto, tu admiración, tu aplauso. Parapetado tras una mesa sobre la que disemina contraseñas y ofrece aventuras, cada tarde abre el abanico de posibilidades que tan denostado parece estar hoy en día. Y lo hace desde la paciencia que de sus lentes de alumno aventajado exhala proporcionando una pátina de comprensión hacia la llegada del aburrimiento a las inquietudes del joven lector. No desfallece porque sabe que el precio a pagar es la constancia y el fruto llegará dentro de un tiempo a quienes no sospecharon estar cultivándose desde el hoy. Mutará de papel en el escenario de la voluntad cuando las calizas protectoras chorreen inmundicias y se sumará al acto redentor hacia la Naturaleza. Será capaz de liar convenientemente las hebras mientras el refresco debajo de la sombra adquiere su temperatura equilibrada y seguirá mostrando como marco de perfil su disponibilidad incuestionable. Callará para sí las añoranzas a la espera de un nuevo y breve vuelo trianero y mientras tanto seguirá recopilando tomos y más tomos a la espera del bienaventurado que los adquiera como compañero de sueños. Probablemente desde el rumor de los caños le llegue la estrofa sincopada que espera ser entonada y decida ponerse manos a la obra. Mora donde moraron las tizas que trazaron patrones y definieron costuras con puntadas ciertas. Será capaz de convertirse en maestro de ceremonias del verso renunciando al lucimiento del primer plano. Se ha abierto hueco en las grietas de la lejanía y no ha precisado convertirse en cuña forzosa de las mismas. Puede que lo veáis pasear y penséis que un nuevo turista ha llegado a recorrer los senderos que Enguídanos ofrece. Miradlo bien, prestadle atención. Comprobareis que la prisa no le viste, que la mochila le resulta innecesaria y que el auténtico equipaje lo lleva consigo hacia la meta diaria donde duermen los libros.

jueves, 15 de noviembre de 2018


Bohemian Rhapsody



Tantos rumores de excelencia me decidieron a acudir a la sala a presenciar la vida cargada de éxitos y fracasos de Freddie Mercury, alter ego de Queen. Y lo primero que me llamó la atención fue lo bien ambientada que estaba la historia, lo certero que resulta regresar a aquellos años de eclosión rockera. Un panorama en el que hacerse un hueco musical no precisaba de disfraces  tan habituales hoy en día. Ni se abusaba de los medios audiovisuales ni se daba gato por liebre a quien mínimamente contase con algo de juicio a la hora de valorar. Y así, tras una media hora estirada hacia los cuarenta minutos en los que la atonía parecía ganar la partida, empezó el auténtico espectáculo. Meciéndose en la soledad que disimulaba su liderazgo, el auténtico protagonista se nos mostraba desnudo de cuerpo y alma, carente de afectos y sobrante de poses. Precio de una fama que suele mostrar la cara más amable para no defraudar a los seguidores delas estrellas a las que intentan imitar. No se permitirían flaquezas de ánimo a quien era capaz de envalentonar estadios enteros con su enérgica actuación protegido por su auténtica familia. Nubes de inconsciencia se van abriendo paso en medio de la vorágine del éxito y la borrachera del mismo te lleva en volandas a las cataratas de caída libre. Decepciones en ambos sentidos en los que la única amarra que le queda para no perecer de soledad es el amor de aquella a la que quiso y que le sigue correspondiendo. Las malas influencias se dejan caer como si su ausencia restase credibilidad a semejante biografía. Percibes el tarareo próximo de las butacas cercanas y te subes a él como queriendo reivindicar el derecho a que cada cual elija el modo de vida que quiera. Los estribillos del coro a media voz que se va formando dan testimonio de pertenencia a la grada que desde el patio de butacas se sueña en Wembley.  Años ochenta que dejaron huella no siempre aceptada por quienes dictaron las reglas. Años de reinado de un modo de hacer, de cantar, de actuar, de vivir, que tuvo en este genio el icono merecido. Hoy que tan acostumbrados estamos a ver desfilar por el podio de la fama a ídolos con fecha inmediata de caducidad se hace imprescindible revisar los méritos. Puede que más de uno al compararse agachase las orejas y supiese ver que su escalón está a años luz de aquellos que marcaron época y exhibieron libertades como bandera de vida. Los inmortales perduran por más que la tierra los quiera como abono para que florezca el olvido.      

miércoles, 14 de noviembre de 2018


1. Abilio Cerdán Martínez


El primer recuerdo que me llega suyo viene enmarcado entre las tapas de aquella enciclopedia Álvarez de primer grado. La escuela que coronaba las escaleras frente al ayuntamiento veía transitar el diario paso de las diferentes edades que allí buscábamos los conocimientos. Él tuvo la gentileza de dejármela para poder iniciar desde allí la senda del aprendizaje que tanto se valoraba en aquellos años. Pues, bien, así sigue, gentil como siempre, desde siempre y para con todos. Las expectativas de futuro se le ofrecieron más allá de las aguas y las aguas le prestaron el salvoconducto. Tomó tierra y se hizo uno más. Como si la necesidad precisara de pasaportes, allí, entre las calas rocosas y las bahías calmas, instaló su permanencia. Fue y sigue siendo uno más de esos a los que la llamada les regresa de cuando en cuando para pedirles presencias. Transcurrieron los años, ascendieron los edificios, se poblaron las playas, y sin embargo, nunca dejó de lado el fresco sabor de su origen. Cultivó para sí el don de gentes del que sigue haciendo gala y con esa chulería personal que le caracteriza se abre paso para dejar constancia de su presencia. Tuesta su piel venciendo a los propios rayos solares como si quisiera transmutarse en el beduino de las dunas perfiladas de sonrisas puras. Este émulo de Sempronio sería capaz de desbancar al mismísimo Calisto que le saliese al paso sin que se diera cuenta de su derrota ante Melibea. Labiado acostumbrado a la corte de la conquista usurparía a cualquier don Juan la categoría que en justicia a él le corresponde mal que le pese a los Luises Mejías de turno. Puede que de sus nicotínicas falanges  descubra el arte de las relaciones para dejar claras sus posturas. Se ha movido entre los vaivenes del norte de tal modo que cualquiera sería incapaz de superar la viva voz que de la pantalla se le ofrezca para ser entonada. Seguramente la costa sepa más de lo que calla y no será cuestión de pecar de indiscreto. Resulta suficiente rédito el comprobar cómo del regreso ha trazado un puente al que tantas veces hicieron coro quienes bailaban al son de las verbenas. Mostró hace años la valentía y el arrojo con el que cerrar puertas para abrir otras y sin duda alguna, sabe que el adiós definitivo nunca se da a las nanas de tu vida. Se supo grumete de un barco llamado aventura y sigue haciendo la travesía con el mismo espíritu que siempre le caracterizó. Las enciclopedias, como veis, cumplieron sobradamente  con su apoyo al aprendizaje; en Abilio, la prueba.